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28 Jan
28Jan

Escribe: Eleonora Adeff


El tránsito entre el autosacrificio y la autonomía no es un simple cambio de opinión; representa una reconfiguración profunda del sentido de pertenencia y de la identidad misma.

Para entender el calado de este cambio de paradigma, es necesario observar cómo la identidad y la pertenencia han funcionado históricamente como una balanza de poder.

 Durante generaciones, la pertenencia no fue un regalo, sino un contrato de adhesión: para formar parte de un sistema —ya fuera la familia, una institución o una comunidad en crisis— el individuo debía pagar un peaje en forma de renuncia.

 En esos entornos, la identidad no se construía desde la exploración de los deseos propios, sino desde la capacidad de ajustarse a las expectativas ajenas para asegurar la protección del grupo. Esta dinámica creó una falsa dicotomía donde elegirnos a nosotros mismos equivalía a la exclusión, y pertenecer equivalía a desaparecer. Sin embargo, estamos asistiendo a una ruptura de ese contrato. El contexto actual nos empuja a una madurez donde la pertenencia ya no se entiende como un sacrificio de la identidad, sino como una extensión de la coherencia personal. Hoy, la verdadera inclusión solo es posible cuando el individuo puede estar presente sin necesidad de anularse, transformando la vieja obligación de "encajar" en la libertad de elegir dónde y con quién queremos, realmente, habitar.

 En contextos de crisis, ya sean familiares o sociales, la supervivencia ha exigido históricamente una adaptación forzada donde la inclusión no era un acto de acogida, sino una demanda implícita de uniformidad. En esas memorias de inestabilidad, se instauró la creencia de que las necesidades propias eran obstáculos para la armonía del grupo. Así, el autosacrificio terminó disfrazado de virtud cuando, en realidad, funcionaba como un mecanismo de defensa para evitar el aislamiento. Esta «inclusión con desagrado» se impuso como un valor supremo, transformando la convivencia en una obligación silenciosa donde el compromiso con el colectivo se pagaba con la moneda de la autonegligencia.




Vivir bajo esa premisa genera una disonancia agotadora. El asentimiento externo se convierte en un «no» rotundo hacia uno mismo, lo que termina por retirar la vitalidad del ser a pesar de que se mantenga la presencia física en los espacios compartidos. El quiebre de este paradigma surge precisamente cuando la coherencia personal empieza a pesar más que la validación ajena. Al cuestionar si tiene sentido estar incluido a costa de la integridad emocional, se comprende que el sacrificio no es un acto de generosidad y que la inclusión forzada no es unión, sino una forma de confinamiento psicológico.

 Este giro hacia la autonomía permite desmantelar la estructura de represión para dar paso a una existencia basada en la fidelidad personal, donde los límites dejan de verse como traiciones para reconocerse como pilares de cualquier vínculo sano.

Al soltar finalmente el lastre de las obligaciones heredadas, la vida se desplaza hacia la libre elección como nueva brújula. La autonomía resultante no implica un aislamiento egoísta, sino la capacidad de elegir vínculos y proyectos desde el deseo genuino y no desde el miedo a la exclusión.

 En esta etapa, la libertad se manifiesta como la facultad de habitar la propia vida con agrado auténtico, permitiendo que la voluntad sea el único criterio válido para asumir un compromiso. 

Ya no hay un "deber ser" que marque el camino, y esa falta de guion puede sentirse como un aislamiento profundo. Es el momento en que se pierde la pertenencia gregaria —aquella que nos daba seguridad a cambio de obediencia— y todavía no se ha construido la pertenencia por afinidad, que es la que surge de la libertad. 

Esta soledad de individualización funciona como un proceso de filtrado. Actúa como un espacio de duelo por la imagen de "buena persona" o "persona sacrificada" que proyectábamos para ser aceptados. Atravesar este tramo requiere una alta tolerancia a la incomprensión de los demás, quienes a menudo interpretarán nuestra retirada como un acto de frialdad o egoísmo. Sin embargo, es en este aislamiento donde se fortalece la autosuficiencia; solo quien ha aprendido a sostenerse en su propia soledad es capaz, más tarde, de regresar al encuentro con el otro sin negociar su integridad.

La madurez colectiva se alcanza al transitar del «deber ser» al «querer ser», consolidando un cambio de visión donde la naturaleza individual deja de ser sacrificada en el altar de la pertenencia para convertirse en el fundamento de una vida íntegra.


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